Es más fácil criticar

Cuando era una niña mis padres tenían un restaurante en el que mis hermanos y yo pasamos incontables horas de nuestra infancia, lo disfrutamos enormemente y hasta el día de hoy recordamos la mayoría de nuestras mejores anécdotas en ese lugar.

Lo que más me gustaba de mis días allí era “trabajar”, ahí aprendimos tantas cosas, entre ellas el valor del trabajo; mis padres se levantaban muy temprano y se acostaban muy tarde por hacer funcionar ese lugar. Después de tantos años, pienso que ellos ven esa parte de su vida como un fracaso, pero la verdad es que para mí fueron los mejores años de mi vida.

Sí, es verdad que representó muchos sacrificios y mis padres siempre procuraron que tuviésemos una infancia tranquila y feliz, hasta el día de hoy pienso que mis hermanos y yo no somos consientes de todos los momentos difíciles que tanto mi papá como mi mamá vivieron en silencio sólo para no vernos sufrir.

Cuando acompañaba a mi papá en sus horas de trabajo y el me dejaba ayudar esto me producía una sensación de satisfacción muy grande, eran cosas pequeñas como servir bebidas, preparar las bandejas para los clientes, recoger las mesas, entre otras cosas que desde mi punto de vista eran muy importantes y lo mejor era mi recompensa al terminar un trabajo bien hecho; un helado, un plato de papas fritas o simplemente el agradecimiento de mi papá.

Lamentablemente el negocio no pudo seguir y como familia nos mudamos para que mi papá empezara su nuevo trabajo, en esta nueva etapa ya no podíamos ayudarlo como antes, mucho menos pasar tanto tiempo juntos, pero el ahora trabajaba las mismas o incluso más horas para que nosotros pudiésemos seguir nuestra ahora adolescencia tranquilos y felices.

Apenas cumplí los 16 años, edad en la que ya puedes trabajar, busqué mi primer empleo para las vacaciones del colegio en un campamento, era un trabajo duro, pero yo lo amé, estaba con niños que siempre ha sido una de mis cosas favoritas y además conocí mucha gente de la que aprendí un montón.

Siempre les agradeceré a mis padres el haberme protegido y hacer los sacrificios que fuesen por darme la mejor educación y oportunidades que la vida les permitiera, en fin, como todos los padres, que nosotros pudiésemos tener una mejor vida.

En ese primer trabajo me di cuenta que no todos habían sido tan afortunados como yo, que la vida no es tan fácil como yo la había visto. Incluso alguno que otro compañero sintió y hasta me lo dijo, que yo no debía estar ahí quitándole el puesto de trabajo a alguien que si lo necesitaba de verdad. Pero gracias a esa experiencia pude salir de esa copa de cristal, cosa que me ayudó mucho en las experiencias de mi familia un poco más adelante.

Para bien o para mal ese hambre de crecer rápido que siempre tuve me ha traído experiencias buenas y malas, me ha dejado unos cuantos verdaderos amigos y muchos conocidos; lo mejor de todo es que me regaló el valor para siempre seguir hacia adelante, a darme cuenta de lo afortunada que he sido y a siempre estar dispuesta a ayudar a quien lo disponga.

Pienso que no es una buena práctica comparar nuestra vida con la de los demás, ni competir por quién ha sufrido o disfrutado más. Cada uno está en el camino que ha construído y eso siempre puede cambiar, lo importante es enfocarnos en lo que queremos lograr sin estar viendo lo que hacen o dejan de hacer los demás; no significa que seamos egocéntricos, simplemente que nuestra felicidad no dependa de los demás.

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