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Ahora o nunca ¿De verdad?

Nuestra vida gira en torno a las decisiones, desde que despertamos hasta que dormimos, ambas incluidas en el proceso. Y en ese espacio de tiempo cientos, o incluso miles de detalles que damos por sentado sin detenernos a pensar siquiera en que existen otras posibilidades.

Sin embargo, ante las decisiones más determinantes de nuestras vidas sentimos una mayor presión, incluso, una vez tomada seguimos pensando en cómo podrían ser las cosas si nos hubiésemos tomado más tiempo o la opción contraria; hasta se nos ocurren nuevas alternativas.

Y es aquí cuando yo me pregunto hasta qué punto hemos permitido al entorno hacernos creer en el ahora o nunca como excusa para conformarnos o incluso ir a lo seguro. En vez de tener la serenidad para no ceder ante la presión y saber decir “este no es el mejor momento para tomar esta decisión, el camino correcto se presentará más adelante.”

La certeza no aplica a las decisiones.

Mientra más vivo, más cuenta me doy de que no hay nada definitivo. Nuestra confianza y seguridad personal la apalancamos de niños en nuestros padres, quienes nos enseñan a tomar las mejores decisiones para que nos convirtamos en adultos estables y seguros; claro, a ellos también los enseñaron sus padres y así sucesivamente.

Lo que nos enseñan viene filtrado por su experiencia, sus miedos, frustraciones, éxitos y un largo etcétera. Nuestros mentores quieren evitarnos el sufrimiento y el fracaso, quieren que tengamos una vida plena, estable, exitosa y todos estos conceptos están dictados, en su mayoría, por el acceso en mayor o menor medida que logramos a los bienes materiales.

Ese es el objetivo, tomar las decisiones correctas para alcanzar esa estabilidad. La cuestión es que, desde mi punto de vista, esta es consecuencia del equilibrio que alcancemos a nivel mental, emocional y espiritual. El físico o material debería ser el que menos nos preocupe pero, lamentablemente esa no es la realidad.

Buscamos la fórmula exacta, la decisión definitiva. La verdad, es que todo es un conjunto de pequeñas decisiones, así como las del día a día, esas que tomamos de forma mecánica. Para las otras, las determinantes, deberíamos confiar en ese mismo instinto que utilizamos para elegir entre una ensalada o una hamburguesa. Nuestro equilibrio interior (mente, emoción y espíritu) sabe cuál es el mejor camino y sabe identificar mejor en conjunto que por separado.

Es lo que toca.

Sinceramente, estoy cansada de escuchar esta frase, excusa desde mi punto de vista y sé que puede tomarse como una posición extremista o incluso cómoda desde la que puedas creer que sea mi situación particular de vida pero, por un momento te invito a verlo desde este punto de vista:

Piensa en algo con lo que no estés feliz en tu vida, por ejemplo, “no me valoran lo suficiente en el trabajo”. Y pregúntate qué has hecho y qué puedes hacer para cambiar la situación. ¿Por qué crees que no te valoran? No te pagan lo suficiente, no te dan más responsabilidades, sientes que el trato personal no es adecuado. Siempre hay algo que podemos hacer desde nuestra posición para buscar un cambio, empezando por nosotros. Quizás no has pedido un aumento salarial, o no ha salido de ti hablar con tu jefe sobre nuevas áreas o tareas en las que podrías aprender más e incluso tu actitud en el trabajo tampoco ha sido la más agradable.

Muchas veces, al hacer un pequeño cambio personal notamos que el entorno también se une a esa iniciativa tanto desde el polo positivo como desde el negativo. En conclusión, siempre hay algo que podemos hacer para cambiar, quizás la situación mejore quizás no, lo cierto es que si no hacemos nada tampoco deberíamos quejarnos o conformarnos por que “es lo que toca”.

Empecemos por las pequeñas cosas.

No somos seres inanimados colocados en un sitio a gusto de otro, tenemos la capacidad de movernos, de buscar, de pensar, de sentir, de cambiar; así como también tenemos la alternativa de conformarnos, detenernos o no ver más allá de la cueva.

Yo solamente te propongo que el tiempo que gastas en hacer una lista quizás muy parecida a esta:

  • Mi familia depende de mí.
  • Tengo que pagar el alquiler, la comida, los servicios, el colegio…
  • No soy capaz de hacer otra cosa.
  • Esto es lo que me toca vivir.
  • Estoy pagando un karma.
  • Yo no tengo esas oportunidades.

Lo inviertas en las alternativas que puedas tener para que tu vida sea más agradable, por ejemplo:

  • Cada día al despertar agradeceré al menos por 3 cosas buenas en mi vida.
  • Voy a sonreírle a mi jefe y compañeros cada vez que pueda.
  • Puedo practicar comunicar mis expectativas desde la calma.
  • En vez de esperar a no aguantar más para hablar sobre lo que me molesta, lo voy a comunicar en un momento de calma.
  • Voy a dedicar 10 minutos diarios a una actividad que me guste.
  • En vez de esperar que otros me ayuden, voy a ayudar yo a quienes así lo necesiten y deseen sin esperar nada a cambio.

Como siempre, gracias por leer y te invito a compartir conmigo cuáles pequeñas y grandes decisiones que crees que cambiarán tu vida.

Imagen:
Austin Neill

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Una pausa.

A veces, necesito tomar un momento para respirar y ver todo desde una nueva perspectiva. Hay períodos en que la vida nos presenta muchos cambios al mismo tiempo, nos sacude como a un árbol para poder seguir creciendo y a lo largo del tiempo cada uno va aprendiendo a sentirlo y vivirlo de una mejor manera.

Parte de esto, es saber darle prioridad a las situaciones que requieren más atención en determinados momentos sin sentirnos culpables o que estamos fracasando de alguna forma por no ser capaces de hacer todo y además perfectamente.

Siempre hay una primera vez.

Hubo un tiempo en que no me conocía lo suficiente, no confiaba en mí y ese entorno que me daba la poca seguridad que tenía se derrumbó de un momento a otro. En ese momento tuve mi primer encuentro con la ansiedad y el verdadero miedo, ese que se siente en los huesos y en el aire que respiras.

En esa etapa escuchaba y leía muchas frases como: “Lo único constante es el cambio” “Aprende a fluir como el agua del río” “El tiempo de Dios es perfecto”. Muchas personas me decían que debía aprender a soltar, perdonar, que cuando dejara de querer controlar todo, la situación cambiaría; y a pesar de creer que entendía lo que debía hacer todo parecía ir cada vez peor.

Mientras más creía haber dejado ir lo que me hacía daño, con más frecuencia me encontraba con situaciones que me recordaban todo lo contrario. A diario reaparecía la sensación de falta de aire, un vacío constante en estómago. Creí que hacía mucho por cambiar pero realmente estaba paralizada ante la vida.

Llegó un momento en que mi cuerpo no aguantó más la presión emocional y mental a la que lo estaba sometiendo y se rindió. Fue en ese momento cuando más me costó aceptar que todo estaba en mis manos. Sinceramente, era más fácil buscar factores externos antes de asumir la responsabilidad y trabajar en mí misma.

La vida es un ciclo.

Esa primera vez, el retorno del equilibrio empezó cuando me di cuenta que el único remedio era asumir y empezar a actuar. Con ayuda de muchas personas, principalmente de mi familia, entendí que haciendo pequeños cambios se van generando otros más grandes y poco a poco todo vuelve a encontrar su nuevo lugar.

Y cuando todo tomó forma, llegaron más cambios en nuevas áreas de mi vida. Esta vez contaba con las herramientas para que el impacto no fuese tan fuerte pero, seguía desconfiando de mí. Ese círculo externo que me impulsó anteriormente ya no era suficiente, el aprendizaje esta vez era más grande y estaba únicamente en mis manos.

Mi cuerpo tuvo que volver a llamarme la atención para entender que estaba repitiendo mi obsesión con el control. Apareció muchas veces el viejo refrán: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”.

La ansiedad volvió cada mañana, por cada paso hacia adelante que daba sentía que eran cinco hacia atrás. Mi deseo es que todo volviese a su lugar, quería mantener mi zona de confort y la realidad es que el pánico a enfrentarme a nuevas situaciones se estaba haciendo tan fuerte que hasta lo que mantenía su sitio me daba miedo.

Esta vez, el proceso ha sido mucho más largo y la recompensa aún mayor. Más largo porque me he dado cuenta que cada miedo que enfrento le quita la máscara a muchos otros y así entendí que ya no quiero una vida cómoda porque así no soy realmente feliz.

El concepto de la felicidad.

Este ha sido uno de los mayores cambios de mi vida. De esto he hablado en distintos post, especialmente en Entendiendo las expectativas y La búsqueda.

Desde que entendí que no se trata de acumular objetos, personas, logros o momentos sino de disfrutar y apreciar lo que ya está en nuestras vidas soy realmente capaz de decir que sé lo que es la felicidad.

Gran parte de esto es también saber agradecer, vivir y apreciar esas situaciones que ponen a prueba nuestro equilibrio emocional, mental, material, físico o espiritual; entender que no somos seres perfectos ni capaces de controlarlo todo y que cada cambio trae nuevos aprendizajes y regalos.

Es más fácil decirlo que hacerlo; les aseguro que son más la veces que debo detenerme y recordar todo esto para poder seguir adelante con una sonrisa y la mejor actitud sin embargo, cada día me lo propongo con más seguridad.

Es por esto que he estado ausente por un tiempo. Otros asuntos requerían de mi atención y dedicación, cosa que no resta la importancia de este espacio para mí, más bien las ganas constantes de ofrecerles mis experiencias y herramientas aprendidas de la mejor forma posible.

Como siempre, gracias por leerme y que empiece esta nueva etapa 🙂

Imagen:
NeONBRAND

¿Cuál es tu plan?

Cada ciclo de aprendizaje en mi vida ha sido distinto e igual al mismo tiempo. Algunos cortos y otros no tanto. Incluso cuando he creído haber superado algo las circunstancias me demuestran lo contrario y me veo en la obligación de reaprender para poder seguir.

Una cosa es cierta, aunque sea cliché decirlo y más aún en estas fechas, nuestro único trabajo como seres humanos es lograr ser felices. Un concepto muy abstracto y personal por lo que no es de esto que quiero hablarles hoy.

“Si quieres hacer reir a Dios, cuéntale tus planes”.

Durante demasiado tiempo deposité el concepto de felicidad en aspectos externos: dinero, familia, pareja, estudios, empleo, profesión, amigos y un largo etcétera.

Quizás era más fácil o cómodo justificar mi falta de búsqueda en factores externos y consolarme con frases como:

  • Cuando no dependa económicamente de mis padres seré feliz.
  • El día que encuentre a mi alma gemela seré feliz.
  • Si logro hacer buenos amigos podré ser feliz.
  • Terminar mis estudios me hará feliz.
  • Solamente me falta conseguir el empleo ideal para ser feliz.

No quiero que me malinterprenten, todas esto es importante y sí contribuye a nuestro equilibrio como seres humanos pero, en mi caso esa sensación de que faltaba una pieza seguía ahí e ingenuamente creí que haciendo más y más planes la conseguiría.

Irónicamente mientras más detallados y metódicos eran mis planes más cambiaba mi rumbo, el camino se desviaba y por momentos pareceía que no iba a ningún lado, que mientras más deseaba y luchaba por lograr una meta en concreto más me alejaba de ella.

Esto está bastante ligado al cómo entendemos y gestionamos nuestras expectativas, de lo cual hablé en una publicación anterior.

El mejor plan es no tener plan.

A primera vista se puede entender el no tener plan como entregarse a lo que pase sin preguntas, expectativas, metas u objetivos.

La realidad es que me refiero a todo lo contrario, este año me ha servido para entender y aceptar muchas cosas en este sentido, entre ellas:

  • Mientras más me conozco desde todo punto de vista (profesional, personal, familiar, espiritual) tengo muy claro qué quiero y cuál camino seguir para materializar mis sueños.
  • Lo importante no es el cuándo ni el cómo suceden las cosas sino mi capacidad de saber identificar las oportunidades que me acercan a mis metas y aprovecharlas al máximo.
  • Parte de conocerme es saber cuáles son mis debilidades y trabajar para generar los cambios que quiero. Por ejemplo: Durante todo este año me propuse enfrentar mis miedos, desde pequeños hasta los más grandes. Así creció poco a poco la confianza en mi misma y mis capacidades.
  • Cuando realmente disfrutas el momento presente y sabes agradecerlo llegan más oportunidades a tu vida.

No se me ha hecho fácil poner en práctica lo anterior, de hecho, sigo trabajando en ello y con certeza puedo decir que cada día que avanzo en algo aparecen nuevos retos, la diferencia es que al cambiar mi visión y actitud soy capaz de disfrutar el camino.

Este año vino cargado de cambios en todo sentido, retos, pruebas, miedos pero sobretodo de regalos y oportunidades que agradezco profundamente. El nuevo ciclo lo recibo con los brazos abiertos, con pisada firme, metas claras y ganas de seguir creciendo.

¿Tú que puedes rescatar de este año que termina? ¿El balance es positivo?

Yo les agradezco a cada uno de los que me leen desde los comienzos de este espacio y a los que se han ido sumando por su apoyo y tiempo.

¡Gracias!

Imagen:
Annie Spratt

Balance positivo

Muchas veces parece que los malos hacen más ruido, tienen más poder o logran más.

Yo estoy convencida que es al contrario, porque la violencia y el ruido es el arma de quien no tiene la razón.

Los que queremos el bien somos más aunque nuestras palabras no se escuchen tanto, simplemente por el hecho de que no pretendemos comernos a quienes nos rodean por alcanzar nuestros objetivos.

Sabemos que el trabajo de hormiga, aunque más arduo, rinde frutos verdaderos y valiosos.

Les comparto este video en el que Google nos muestra los temas más buscados durante este año.

Sigamos fuertes y convencidos, trabajemos en pro de unirnos encontrando esas chispas de luz que nos rodean porque así lograremos hacer de este planeta el que siempre hemos soñado.

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Depende de ti

Todos en algún momento de nuestras vidas nos hemos sentido atrapados o agobiados por las circunstancias. Creemos que todo falla a nuestro alrededor y que no podemos hacer nada por detenerlo; la vida se vuelve en nuestra contra y es más fácil verlo como un ataque que como una llamada de atención.

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Procrastinar, la palabra de moda

Quizás sea una de esas situaciones en las que cuando piensas en un hábito lo ves por todos lados, pero para mí la palabra procrastinar ha aparecido frecuentemente en las últimas semanas.

El diccionario de la RAE lo define como Diferir, aplazar. Es la acción que nos lleva a postergar decisiones, acciones, situaciones que nos pueden parecer difíciles o innecesarias en distintos momentos.

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Cambiemos al mundo

En las últimas semanas me ha costado un poco ser optimista con el futuro; será porque cada vez que salgo de mi casa veo violencia, hambre, conformismo, por nombrar algunos; y también en el resto del mundo el rencor y la rabia han encontrado espacios y parecen invadir todo lo que nos rodea.

Después de mucho pensarlo he llegado a la conclusión de que estamos viviendo el resultado de los extremismos tanto políticos como religiosos y sociales. El ser humano nace con la necesidad de ser feliz, y eso está bien, el problema está cuando se convence que su felicidad depende de la infelicidad o incluso, la inexistencia de otro; que aunque no lo quiera aceptar, es igual a él.

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¿Sueñas o Idealizas?

¿Alguna vez te ha pasado que inviertes toda tu energía en una situación o persona y el resultado no es el que esperas? Si te ha pasado, como a mí (muchas veces) es porque has idealizado lo que querías.

A las personas soñadoras se les ha conocido como fantasiosas o utópicas desde que el realismo se ha tomado como excusa para los amantes de la zona de confort y también muchos idealistas prefieren asumir que son soñadores con mala suerte, víctimas de una serie de infortunios que se empeñan en no verlos felices.

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Relaciones saludables

Desde el momento en que nacemos nos relacionamos con otros seres humanos, empezando por la persona que nos recibe al salir del vientre hasta que llegamos a los brazos de nuestra madre. Nacemos indefensos ante las necesidades básicas de supervivencia y dependemos de otros hasta ser capaces de valernos por nosotros mismos.

Esta relación de dependencia, en algunos casos nos hace creer que no somos lo suficientemente fuertes para enfrentarnos al mundo, o mejor dicho a la sociedad que nos rodea.

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Es más fácil criticar

Cuando era una niña mis padres tenían un restaurante en el que mis hermanos y yo pasamos incontables horas de nuestra infancia, lo disfrutamos enormemente y hasta el día de hoy recordamos la mayoría de nuestras mejores anécdotas en ese lugar.

Lo que más me gustaba de mis días allí era “trabajar”, ahí aprendimos tantas cosas, entre ellas el valor del trabajo; mis padres se levantaban muy temprano y se acostaban muy tarde por hacer funcionar ese lugar. Después de tantos años, pienso que ellos ven esa parte de su vida como un fracaso, pero la verdad es que para mí fueron los mejores años de mi vida.

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